
Pero, inexplicablemente, uno de esos Mamás va realmente dirigido a ti: ¡Mamá! ¿Quééééééé´? ¿Te he dicho que te quiero? No, pero me alegro de oirlo. Y puede que coincida con que estás leyendo la parte más emotiva de La elegancia del erizo, justo cuando empieza a perder sus púas, y por eso tienes las sensaciones a flor de piel, y que la playa está tranquila, la brisa te acaricia todo el cuerpo, las olas son la banda sonora... y te la quedas mirando de espaldas, ajena a cuanto pasa por tu cabeza y te acuerdas de las siestas de bebé sobre ti, de cuando viene a ofrecerte un masaje contra el dolor de cabeza, cuando se va sola al cole desde casa por primera vez, y desde la puerta te dice muy seria: "No te muevas para nada que no sea necesario", de cuando juega a la enfermera contigo, estando tú enferma de verdad, "¿te traigo agua?". Será por todo esto, o por algo más, que te acuerdas de cuánto deseabas que viniera, y lo triste que te pusiste cuando se torció la cosa, y lo contenta que estabas volviendo a la habitación del paritorio, con ella al lado, de su olor, de sus ojitos negros como aceitunas... y sientes algo muy parecido a la felicidad absoluta.
Pero en cuanto bajas la guardia, vuelve a la carga: ¡Mamá, mamá, mamá, mamá.... ¿te bañas conmigo?! ¡Señor, qué cruz!
Qué texto tan hermoso, Mazuecos. Gracias!
ResponderEliminarMuchos besos,
Dani